Un Festival de Sitges pasado por agua (Parte 1)


Como cada año por estas fechas (curiosamente cercanas a Halloween) tenia lugar el Festival de Cine de Terror y Fantástico de Sitges, una oportunidad brutal para aquellos cinéfilos con una incansable ansia de descubrir y una de las citas festivaleras (cinematográficamente hablando) más importantes a nivel europeo. El Festival de Sitges es conocido por prestarse a descubrir nuevos talentos dentro de la escena independiente como glorificar a las grandes figuras del cine de género en una apretada semana llena de sustos, sorpresas y cine, mucho cine.

LUNES: Un Herzog patoso y un soez Schrader protagonizan una débil primera jornada.

El festival daba comienzo entre unas fuertes lluvias torrenciales que observábamos con temor desde el bar del Meliá, ya que nos impedirían el poder trasladarnos al resto de cines del festival (Prado y Retiro) con comodidad. Una jornada monopolizada por tres grandes nombres cuya evocación viene a representar la evolución cinematográfica dentro del cine fantástico occidental. Paul Schrader, Werner Herzog (Pertenecientes a la vieja escuela) y el joven realizador Adam Wingard (The Guest, 2014).

La jornada abrió en la sala Tramuntana con la vapuleada cinta de Herzog, Salt And Fire. Un thriller de carácter ecologista con Michael Shannon y Gael Garcia Bernal. La densidad de la propuesta solamente es comparable a la torpeza de su ejecución. Contemplamos con desdén a un autor que ha perdido el rumbo dentro de la ficción (que no en la no-ficción, donde su trabajo resulta espléndido), un director borracho de sí mismo que se refugia en su narcisismo y (ya) pobre imaginario visual para contarnos una historia burda y patética.

Sin pausa para desayunar, nos dirigimos a la larga cola del Meliá para ser testigos del nuevo experimento como director (que no como escritor) de Paul Schrader, Dog Eat Dog. El nuevo film de Schrader, resulta una febril fantasía kitsch evocadora a géneros como el slapstick, que si bien logra maravillar en momentos concretos, al final resulta una cinta superficial, banal y demasiado recargada. Interesante pero decepcionante película con (eso si) un arranque demencial e hilarante y un enorme Willem Dafoe.

Nos quedábamos en el Meliá para asistir a uno de los eventos más esperados del cine de terror. Adam Wingard confecciona esta tardía e innecesaria secuela de The Blair Witch Project (1999), la insoportable Blair Witch. Sinceramente, no soy muy fan de la primera película, pero vislumbro una reflexión cinematográfica acerca de buscar la verdad dentro de la ficción. Esa búsqueda encuentra a un formato concreto, y es fascinante que la propuesta de terror resida ahí. Sin embargo, su secuela cae en el efectismo como víctima de su propio formato.

Advirtiendo ya el final del lunes, deprimidos por la lluvia y por el constante aluvión de decepciones, nos movimos con dificultad hacia el Prado para ver The Transfiguration, del debutante, Michael O’Shea. Una demoledora lección de cine. La riqueza del lenguaje que propone el autor se usa para sumergirnos en el mundo de Milo, un chaval afroamericano que cree ser un vampiro. Su conflicto existencial se funde inteligentemente con su entorno, un suburbio neyorquino, que el realizador usa como un personaje más del drama. Contundente obra narrativa.

TRANSFIGURATION

 

MARTES: El erotismo palpable de Park-Chan Wook

Siempre me he considerado un fan acérrimo del cine asiático, en concreto, su faceta más contemporánea (siglo XXI), en la que podemos observar una importante corriente coreana que hace sombra a la nipona. Este país ha exportado grandísimas obras por todo el mundo con directores-tesoro como Park-Chan Wook, el intimista Hong-Sang Soo y el habitual Bong-Jong Hoo. Una de las cualidades del Festival de Sitges, es la responsabilidad que adquiere a la hora de dar voz a películas asiáticas que no podremos ver en circuito comercial. A esto último, Sitges se convierte (junto con Cannes)en la meca festivalera occidental para fans del cine asiático.

Dicho esto, esta tendencia se traduce a la primera película que vimos el martes, la grandiosa The Handmaiden, del aclamado director coreano Park-Chan Wook (Old boy, 2003). Una extraordinaria cinta que a través del erotismo y el thriller trabaja como ninguna la distancia entre lo épico y lo íntimo, poseyendo una narración detallista y cariñosa que podemos palpar en una comedida y obsesiva puesta en escena. Una aproximación a sus personajes sopesada en un recóndito voyeurismo La mejor cinta del director desde Sympathy for Mr Vengeance.

Sin aun racionalizar la maravilla que acabábamos de contemplar, nos colábamos en uno de los stands más interesantes y agradecidos del festival. En esta edición, se expuso de forma gratuita una sala, con varias sillas y gafas de realidad virtual, donde se proyectaban varios cortos de género. Supone una reflexión interesante este tema, ya que el mecanismo audiovisual que se propone plantea ya de por sí un lenguaje propio (no hay encuadre ni suele haber montaje), con sus dogmas y sus innovaciones. Sigue sin ser perfecto, pero aun le queda mucho recorrido. El formato ya ha interesado a grupos como Foals (en su videoclip Mountain at my Gates) o a directores como Iñárritu (El Renacido, 2015), que ya prepara su primer trabajo con VR.

No mucho más tarde asistíamos a la sala Tramuntana para la nueva película del realizador independiente estadounidense Richard Bates Jr, Trash Fire. Tras una calurosa bienvenida en el festival de Sundance, el director resplandecía en Sitges gracias a una socarrona comedia de terror transformada en un interesante trabajo sobre la deconstrucción del núcleo familiar por culpa de un hiperbólico fanatismo religioso. Cautivadora cinta, que sin embargo peca de naif en su idea (Se hace demasiado evidente) aunque eso no la haga desmerecer demasiado.

Terminábamos la jornada con la franco-belga, Mon Ange, de Harry Clever. Un ingenuo film sobre la perdida de la inocencia y la búsqueda del afecto amoroso entre aquello que no puede ser visto (un hombre invisible) y aquello que no puede ver (una chica ciega). Enternecedora película que cuenta con un exhaustivo trabajo de punto de vista.

MIÉRCOLES: Rob Zombie, El prisma bizarro y crowdfunding

Rob Zombie siempre ha sido uno de los autores más prolíficos del cine de terror actual. Con varias películas (y discos) en su haber, el cineasta y músico americano aterrizaba en Sitges después de dos años antes haber recibido el gran premio honorífico. Zombie, junto con su mujer (y musa) Sheri Moon llegaban con su nuevo y bizarro film de terror, 31, del que hablaré más adelante.

Una de las actividades que más me apasionaron del festival fueron sus clases magistrales abiertas de forma gratuita al gran público, donde todo el mundo podía preguntar y satisfacer sus curiosidades con el artista. Una propuesta interesante que el festival hizo con figuras tan importantes como el ya comentado Rob Zombie, el venerado Christopher Walken y un divertidisimo Bruce Campbell (Evil Dead, 1981).

Así pues, fuimos a la clase de Rob Zombie, donde el cineasta nos habló en profundidad de 31, película que presentó en Sundance y que curiosamente ha financiado mediante crowdfunding. Zombie nos habló de una creciente y fuerte escena independiente respecto a las majors, y de cómo él, a sus 51 años, ha podido lograr su ansiada libertad creativa al 100% con este moderno modelo de financiación.

Hablando ya de 31, la cinta se presenta como un prisma a través del cual el espectador espía el imaginario interior de Zombie, una ventana que escapa a sus peores pesadillas. Bizarra, absurda y visualmente espectacular, con 31 Zombie logra su mayor expresión como un observador de lo visceral, pero es ese observador un sólido narrador? Una experiencia que aterra y fascina a la vez, que cuenta con uno de los arranques más impresionantes dentro del cine de terror actual, pero que en conjunto deja un sabor agridulce debido a su endeble historia.

JUEVES: La hambrienta Raw triunfa junto con los emotivos pedos de Daniel Radlcliffe en Swiss Army Man.

Ya bien entradas las doce, nos disponíamos a ver el debut de los Daniels, conocidos en el medio musical como autores de videoclips tan notorios como Houdini, de Foster The People, My Machines, de Battles o el más célebre de todos, Turn Down for What, de Dj Snake. Los americanos presentaban su primer largometraje, Swiss Army Man (Premio a la mejor película en el festival de Sundance), con Paul Dano y el famoso Daniel Radlcliffe, que parece huir del encasillamiento que le supuso interpretar Harry Potter.

Swiss Army Man es una estridente y encantadora obra en cuya absurdidad y simpleza recae su grandeza. Una sinfonía de lo absurdo, cargada con dosis de crisis existencial, pero siempre filtrada por un optimismo que no fatiga y que sus detractores confundirán con infantil. Espectacular película de corte (y espíritu) independiente que se alzó como ganadora del certamen tras una efusiva recepción.

Después de tal shock emocional con una película que rebosaba amabilidad, la danesa Shelley resultó ser todo lo contrario. Un cuento tenebroso, perverso y macabro acerca de un embarazo maldito que recuerda al mejor Polanski. Ali Abassi teje una sólida narración en la que todo es sugerido, austero y aterrador. Seductora e inquietante fábula sobre la pérdida y la gestación.

Sin movernos del Meliá, era el turno del que se presentaba como uno de los títulos más cachondos y absurdamente bizarros del festival, Hardcore Henry. Demente festín de acción caótica en primera persona (Sí, habéis leído bien) que resulta una experiencia zafia y espectacular, una mirada primitiva (aparentando modernidad) hacia el cine de atracciones. Su condición, divertida y burlona se agota hacia la media hora, aunque no deja de ser un viaje la mar de divertido.

En todo festival siempre hay un film que destaca, un film que normalmente lleva tras suyo la estela del éxito recogido en otros festivales. En Sitges, pasa cada año, en ediciones anteriores el festival ha acogido títulos muy queridos como It Follows (2014), Green Room (2015) o Drive (2011), entre otras. Este año era la francesa, Raw (Grave), la que se llevaba ese título, una película especial cuyo bizarro argumento (una chica vegetariana se convierte en caníbal) provocó desmayos en Cannes y Toronto.

Y es que la cinta de la debutante Julia Ducornau no es para menos. La mejor película del festival surge como un cruce entre las peores pesadillas de Dario Argento filtrado por el estilo excéntrico y estridente del nuevo extremismo francés (Martyrs, 2008 de Pascal Laugier o Irreversible, 2002 de Gaspar Noé). Una obra maestra que explora la perdida de la inocencia y la búsqueda de la identidad sexual en una sociedad que la autora francesa condena como reprimida y fatídica. Con unas valientes interpretaciones y una puesta en escena para enmarcar, Raw me pareció la mejor obra del festival.

 

VIERNES Y SÁBADO: Nicolas Winding Refn nos regala su polémica de neón y Malick aburre con su pomposa visión del universo.

El danés Nicolas Winding Refn quizá sea de las figuras más controvertidas dentro del panorama autoral actual. Alabado y convertido en habitual del festival desde su Bronson (2008, que supuso el descubrimiento de Tom Hardy), Refn ha presentado en el festival sus más recientes títulos, desde la aclamada obra maestra Drive (2011), a la controvertida Only God Forgives (2013). El danés aterrizaba en Sitges para brindarnos su nueva y inventiva cinta, The Neon Demon, su perturbada visión del mundo de la moda.

Controvertida en Cannes, The Neon Demon se nos presenta como un espejo hacia las obsesiones del creador. Puede resultar cargante y que tienda demasiado hacia lo extrasensorial, pero creo que para una película que ya de por sí canoniza exhaustivamente la belleza, eso es primordial. Un sueño onanista y pajero maquinado por un observador de lo ridícula y artificialmente bello, que ha encontrado su voz en ese universo de giallo sobrecargado poblado por esas actrices (y diálogos) de plástico, es ahí donde emerge el personaje de Elle Fanning como salvadora de la pureza y lo humano (arquetipo del que luego huirá). Una puesta en escena que dejará sin respiración a aquellos que buscan el placer estético (como el propio Winding Refn) que redondea una valiente obra con la que Refn ha dividido a la crítica de nuevo. Soberbia y magistral.

Finiquitábamos el festival un sábado por la mañana con el último delirio existencial de Terrence Malick (El Árbol de la Vida, 2011 o  Malas Tierras,1973), Voyage of Time, un viaje a través de la historia del universo. Un documental de corte poético (narrado por Cate Blanchett) que decepcionó debido a lo vacío y etéreo de su confección. Malick filma un caos de imágenes preciosas, pero se cree más de lo que puede llegar a ser, y es ahí cuando el film se niega a despojarse de sus pretensiones y cae en lo soporífero. Cautivadora y asombrosa visualmente, sin embargo, decepciona y aburre.

Cerramos la semana concluyendo con una sección oficial para el recuerdo, una organización como siempre brutal (nunca tuvimos que sufrir grandes colas), y ya nos entra la morriña festivalera (y cinéfila) para el año que viene. Cabe decir, un palmarés muy coherente, con Swiss Army Man, Raw y The Neon Demon entre las más premiadas, y unos más que merecidos galardones honoríficos a Christopher Walken, Bruce Campbell y el colosal sueco Max Von Sydow.

Imágenes:TIFF/Cannes film festival/Variety/Sundance/Sitges film festival/La Biennale di Venezia