Ese dichoso y bendito bar…


Hoy es el mejor día de la semana. Así de simple. Ya puede estar cayendo el maldito diluvio universal, ser lunes o haber tenido un día de mierda en la facultad, que hoy toca visita al bar templo. Y vuelve a suceder. La música empieza a sonar y empieza a caer cerveza en el gaznate, y entonces todo lo demás, pasado, futuro, inseguridades, tristezas… desaparece del mapa. Y sólo existe ese momento. Según cuentan por ahí, así es como se supone que se ha de vivir.

Este artículo no está pensado para cualquier garito que se trae un grupo del tres al cuarto contratado por cuatro perras (si es que les paga) y ya se las da de bohemio y alternativo. Es mucho más complejo, o más simple, según desde dónde se mire. Es para el cariño, la pasión y la dedicación de años de recorrido, que acaban dotando a ciertos bares, o templos, para hacer distinción, de una atmósfera especial. Y se nota. Se nota cuándo en un establecimiento la música es negocio y cuándo es una manera de entender la vida. Y bendita manera.

Si eres un amante de la música en directo, seas de la ciudad que seas, estoy seguro de que raudo y veloz se te ha venido un sitio a la cabeza, ese templo al que fielmente acudes mínimo una vez a la semana a rendir tributo, y a dejarte empapar del ambiente. En mi (nuestro) caso, ese templo se llama Garazi, en Pamplona.

Nos hicieron falta casi cinco años para encontrar un sitio así, y verdaderamente es una pena. En una época en la que el dinero es medio y el fin último de todo, desde la vivienda al “amor”, desde el respeto hasta la cultura, estos templos están en serio peligro de extinción. Y vuelvo a repetir que es una pena, porque la familiaridad y la pasión no (siempre) se pueden comprar. No se puede comprar a un dueño que después de 30 añazos siga sirviendo copas y bailando al ritmo de los artistas que están actuando en su garito, como si fuera su primer día de trabajo. No se puede comprar a una clientela fiel que, independientemente de que tu local “ya no esté de moda” o “ya no se salga por esa zona” vaya a seguir rindiendo tributo semana tras semana. Y sin embargo, parece que estos valores poco a poco se pierden, se diluyen en medio de una vorágine social con otras prioridades que (afortunadamente) no comparto.

Quizá seamos unos románticos, o unos idealistas, pero francamente compensa. Ya lo creo que compensa. Así que, si no has encontrado todavía tu templo, te animo a que lo hagas, no te arrepentirás. Y si ya tienes el tuyo, llámese Garazi o equis, simplemente sigue acudiendo. Déjate embriagar por esa atmósfera una vez más. Probablemente no les quede mucho tiempo. Y sí, de nuevo lo digo, es una pena.

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