The ‘Ex trokes’, o cómo Julian Casablancas ha destrozado a los Strokes


Hace unos días publicábamos un artículo en el que valorábamos positivamente el concierto de The Strokes en el Primavera Sound. Muchos estuvisteis de acuerdo con nosotros, sí, pero muchos otros no. Y, como somos muy buena gente y nos gusta ser justos, hoy presentamos el contra-artículo, unas líneas bastante demoledoras que se alinean con la corriente amplia corriente anti-Strokes nacida tras su actuación en Barcelona. Esperemos que lo disfrutéis… O no…

Barcelona. Sábado 30 de mayo. 23:15.  Escenario Primavera. Decenas de miles de personas esperan (im) pacientemente la llegada del plato fuerte del Primavera Sound 2015: The Strokes. De pie, sentadas, bebiendo, fumando, cantando, ligando, sudorosas por recorrer la media maratón necesaria para moverse entre los escenarios del Parc del Fòrum… Todos miran frenéticamente el reloj cada 3 minutos: Julian Casablancas, Albert Hammond Jr., Nick Valensi, Nikolai Fraiture y Fabrizio Moretti están a escasa media hora de hacer su aparición, presuntamente estelar.

Barcelona. Sábado 30 de mayo. 23:15. Escenario Heineken. Decenas de miles de personas saltan, gritan, tararean, silban, cantan y disfrutan los hits de Interpol usando para ello únicamente el 50% de sus capacidades locomotrices, mientras dejan que su otro 50% vaya, poco a poco, cogiendo sitio en el escenario que está justo enfrente, al otro lado de la explanada. Queda sólo media hora para que Strokes pongan el broche, presuntamente de oro, a una nueva edición del Primavera Sound.

Ambos tipos de especímenes, tanto los que han podido disfrutar de Interpol como los que no han aguantado la emoción y de forma inocente han ido a atrincherarse en las primeras filas del escenario Primavera (y digo de forma inocente porque SIEMPRE llegará alguien más alto, más burro y que huela peor y que se pondrá justo delante), y hasta los que, como yo, han tenido medio cerebro en All The Rage Back Home y el otro medio en Reptilia; ambos especímenes, repito, teníamos varias cosas en común: en primer lugar, veníamos de una jornada de viernes en la que el gran atractivo, Black Keys, había resultado decepcionante: con un sonido mediocre y una actuación mucho menos activa, interactiva y proactiva de lo esperado, sólo la calidad de temazos como Lonely Boy o Fever salvaron al dúo estadounidense de ser fruto de la ira de mis dedos.

Y, en segundo lugar, ambos tipos de especímenes estaban a escasos minutos de ser testigos de un terrible acontecimiento: la definitiva decadencia de los que una vez, hace ya catorce años, fueron considerados los salvadores del rock.

Barcelona. Sábado 30 de mayo. 23:45. Escenario Primavera. La cuenta atrás ha acabado, las luces se han apagado, la musiquita ambiente se ha silenciado, la multitud ha enloquecido, los que estaban sentados están de pie, los que estaban de pie están saltando, las chicas están gritando, los chicos están gritando. Ya están aquí, los cinco neoyorkinos han aparecido de la nada en el escenario –con unos minutos de retraso, como las buenas estrellas del rock-, y comienzan a sonar los acordes de la primera canción… ¿Cuál es? Es Machu Picchu, ¿no? ¡Sí, es Machu Picchu! Un rugido atronador se apodera de Barcelona…

Y entonces las cámaras le enfocan a él,  a un señor completamente desconocido que tiene agarrado el micro y amenaza con cantar. A un señor con medio pelo rojo y un corte que probablemente sea fruto de la conjunción de tres elementos: una borrachera, unas tijeras y un ‘no hay huevos’. Un señor que nos es familiar pero al que no acabamos de ubicar. Un señor que tiene cierto aire a Julian Casablancas pero con 20 kilos más.

El caso es que ese señor se acerca el micrófono a los labios y comienza a cantar, o al menos a intentarlo. Se confirma lo que se empezaba a intuir: en efecto, es él. Julian Casablancas se ha comido a Julian Casablancas.

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Pero oye, sorpresas aparte, no voy a ser yo el que juzgue a ningún cantante por su aspecto físico, pero sí por su voz y su energía en el escenario, y ésas son dos cosas que el señor Casablancas ha perdido completamente. Ya en 2011, en ese mágico FIB en el que Strokes compartían cartel con Arctic Monkeys, Arcade Fire, Mumford and Sons, Paolo Nutini o Brandon Flowers, cualquier espectador medianamente observador se habría dado cuenta de que la voz de Julian Casablancas sonaba regular na más. Pero servidor no era espectador observador, bañado en la ilusión de estar en su primer gran festival, ante su primer concierto de Strokes y aturdido por el mágico brebaje preferido por los piratas.

Pero, 4 años más tarde, servidor viene ya de vuelta, y ni el ron Barceló, la excitación de tener a los neoyorkinos a 30 metros, la humedad de la ciudad condal ni la cantidad de largos cabellos rubios podían distraerme de la cruda realidad que se presentaba ante mis narices, y ante las narices de las decenas de miles de asistentes: Julian Casablancas ha perdido toda su voz, si es que alguna vez la tuvo, y The Strokes ya no tienen ganas de seguir siendo The Strokes.

Me explico. Tras el normal subidón inicial, que se incrementó enseguida con el segundo tema y primer hit de la noche, Someday, las carencias del grupo se hicieron obvias: Casablancas no sería nada sin su efecto de distorsión en la voz, no llega a los agudos a los que solía llegar y, desde luego, no parece ser la persona con más ganas de vivir del mundo. Y el resto de la banda parece aceptarlo, permaneciendo impasible, resignada al comportamiento y a las carencias de su frontman. Ellos tocan de forma correcta, están a la altura, pero se dejan llevar por la actitud de su cantante.

Así, fruto de esta desgana, salen conciertos mustios, aburridos, sin fuerza… Pero que se disfrazan de súper shows cuando suenan himnos de la talla de Last Nite, You Only Live Once, Undercover of Darkness, Reptilia, Take It or Leave It o New York City Cops. Porque así es, pese a ser desplegados casi todos en la recta final de la actuación, lo cierto es que no faltó ni uno solo de los tremendos hits que Strokes han dado al mundo y por los que tan agradecidos estamos los fans. Pero es que eso no es suficiente cuando la banda ya no cree en lo que hace o cuando el cantante deja que el público cante más alto que él para hacerle un favor a todos. Porque, en estos casos, a la mínima que baja el nivel de adrenalina provocado por los pogos, los riffs y los estribillos, la realidad vuelve a sacudirte: ‘joder, mamones, que he pagado cientos de euros por estar aquí, animadme la vida un poco’.

Porque parecía claro que los fans teníamos muchas más ganas de divertirnos que los músicos. Que íbamos a ser nosotros los que tendríamos que animarles a ellos, y no al revés. Porque, de haber sucedido de forma opuesta, quizá las carencias de voz de Casablancas y la actitud rectilínea del grupo se habrían podido disfrazar de una forma bastante sencilla: si en vez de guardar el 90% de los hits para el final y tocarlos todos juntos, se hubiesen intercalado a lo largo del setlist, la inmensa mayoría del público no se habría pasado la primera media hora asumiendo poco a poco que sus ídolos ya no se merecen serlo, que ya no se lo pasan bien en el escenario, que su cantante ya podría cambiar de profesión y que, los que otrora fuesen denominados como los salvadores del rock, están pidiendo a gritos que venga alguien y los salve de ellos mismos.

Y de este modo, quince minutos antes de lo esperado, con una sensación de lo más agridulce, decenas de miles de personas iban abandonando el escenario Primavera, algunos completamente decepcionados, otros intentando salvar el concierto recordando la larga lista de hits, pero todos con un denominador común: Julian Casablancas había destrozado a los Strokes. Y parece que no éramos los únicos en pensarlo, porque Albert Hammond Jr., guitarrista y compositor, publicaba unos días más tardes unas declaraciones en las que aseguraba que ya no habría más música nueva de la banda.

En fin Strokes, ha sido un placer. Muchas gracias, y buena suerte.

(Pero, al fin y al cabo, como esto no deja de ser una opinión subjetiva, aquí os dejo la actuación al completo, para que cada uno saque sus conclusiones):

Fotos: Curt Pires, The Line Of Best Fit