El decepcionante nuevo disco de Arctic Monkeys, ¿ha merecido la pena esperar para esto?


Tras cinco años esperando un nuevo disco de los Arctic Monkeys, llegó el momento. El pasado viernes, los de Sheffield estrenaron su sexto álbum de estudio al que han titulado Tranquility Base Hotel + Casino.

Las ganas de escuchar este disco eran desmesuradas desde que se anunciara su estreno hace unos meses, y más aún la expectación.

¿El problema? Que esos ánimos de disfrutar de los monos se han disipando en cuanto le hemos dado al play en las listas de reproducción.

Como ya se había anunciado, el disco iba a tener un aire más intimista y mucho más diferente a todo lo que se podía esperar. Alex Turner iba a hacer de guía al resto de componentes en cuanto a letras y melodías se refiere (básicamente todo) y el piano iba a ser el sustituto de las tan famosas guitarras que predominaban en sus últimos trabajos.

El líder de la banda ya había avisado de que se encontraba en una efímera crisis artística donde le costaba componer más que en toda su vida. La guitarra siempre le daba los mismos acordes y para solucionarlos, se encerró durante varios meses con el piano que su manager le regaló por su treinta cumpleaños.

El resultado comenzaba a intuirse, y lo que finalmente ha llegado a nuestros oídos han sido unos Arctic Monkeys irreconocibles. Empezando por “Star Trearment” y acabando por “Ultracheese” (tal vez “Four out of Five” podría ser el tema que más encajara en la personalidad del grupo).

Con un sonido mucho más orquestal y similar al trabajo que había desarrollado con Miles Kane, si dijéramos que se trata del tercer disco de The Last Shadow Puppets, nos lo podríamos creer perfectamente, pero con la puntilla de que dicho supuesto sería mucho peor que los dos anteriores.

Canciones difíciles de tragar, con ritmos tediosos y muy similares entre corte y corte. Es cierto que se podrían salvar varias canciones, aceptables, pero nada más que eso. Aquí no hay ningún tema para la historia, ni de esos que serán un imprescindible en su discografía. El único regocijo son las letras y el poder escuchar la siempre agradable voz del cantante. En este disco, los problemas políticos, sociales y de la información relevan a los amorosos.

El resto de temas se podrían obviar. Algunas, como “Golden Trunks”, no hay ni por dónde cogerlas, o la infumable “Batphone”, repetitiva hasta la saciedad.

Diversos medios lo han señalado como un trabajo digno de admirar, al que tratar con mimo y disfrutar, a diferencia de los seguidores que lo critican de manera negativa. Ahora bien, habría que dejar la hipocresía a parte. ¿Si el disco lo hubiese estrenado un grupo no tan conocido o con una trayectoria menos impoluta, se estaría hablando de una fatalidad? Probablemente si, pero son los Arctic Monkeys, y más que nunca, los Arctic Monkeys de Alex Turner, un músico que se está convirtiendo en una especie de apóstol de la música moderna.

Habrá que estar muy concienciados para escuchar “Brianstorm”, seguida de “Teddy Picker”, “Crying Lightning” y que de repente salten a los acordes de “Bathpone”.

“El disco esta creado como un todo, y por eso no hemos elegido un single”, decía Alex en las entrevistas. ¿O es que acaso la realidad es que no han estrenado single porque no han creado ni tan siquiera ni una canción a la altura de sus últimos discos?

Tras esto, solo queda reflexionar y arrojar la  pregunta de replantearnos si ha merecido la pena de cinco años de espera para esto. El listón dejado casi por las nubes de AM y el posterior descanso dejaban una sed de grandes temas, guitarreros riffs y vertiginosos solos a los seguidores de la banda incalculable, algo que ha decepcionado a la gran mayoría de fans con estas once tediosas canciones.