21 días festivaleando por el Reino Unido


Hace tres años tuve la oportunidad de asistir a mi primer festival en el Reino Unido, Bestival, y con él me enamoré de la cultura festivalera de ese país. Es por este motivo que, cuando a principios del año pasado me enteré de que Foals y Red Hot Chili Peppers, dos de mis grupos favoritos, habían sido confirmados para el mítico Reading Festival, vi claro que ese verano tocaba volver a volar hasta tierras inglesas para disfrutar de sus fantásticos festivales. Quería hacerlo bien, y dispuestos a ir al Reading, ¿por qué no volver al Bestival? Lo que pasa es que entre ambos festivales me quedaba una semana suelta de por medio, de manera que decidí buscar un festival que tuviese lugar esos días que me quedaban libres, y así fue como descubrí el pequeño pero idílico End Of The Road. Pim pam, 3 festivales en 3 semanas; 21 días festivaleando por el Reino Unido. ¿Planazo, no?

Sería un planazo si fuese rico, porque sí que es verdad que en UK los festivales son una pasada, pero también es cierto que cuestan un pastizal, entre 200€ y 300€ cada uno –no podía permitirme dejarme unos 900€ solamente en comprar las tres entradas–. Por un momento se me pasó por la cabeza marcarme un James Marcus Haney, ya sabéis, el tío que se coló en Coachella y Glastonbury e hizo un documental sobre ello, pero no, yo no me veía capaz. Fue entonces cuando recordé que en el Reino Unido hay bastantes empresas y organizaciones que se dedican a buscar voluntarios para trabajar unas determinadas horas en festivales de música a cambio de la entrada –hecho que corrobora la importancia que estos eventos tienen en la sociedad inglesa–. Una de las más famosas es la ONG Oxfam, que cada año está presente en más de una quincena de festivales coordinando “stewards” –palabra que, a mi parecer, es mucho más elegante que “segurata”–.

Después de informarme bien sobre las condiciones de cada empresa/organización, tomé las siguientes decisiones:

– En Reading iba a hacer de voluntario con una empresa llamada Hotbox Events, puesto que, a pesar de que Oxfam parecía que tenía mejores referencias, en este festival había grupos que no quería perderme por nada del mundo, y con Hotbox podías poner por orden de preferencia los turnos que querías mientras que con Oxfam conocías tus turnos justo al llegar al festival.

– En End Of The Road me inscribí desde la misma web del festival, con una empresa llamada Wicked Events, puesto que se trataba de la única opción que encontré para hacer de voluntario.

– En Bestival sí que me apunté con Oxfam ya que, por un lado no había sido confirmado ningún artista que me doliese demasiado perderme, por lo que me daba un poco igual los turnos que me tocaran, y por otro lado estuve durante un tiempo en el grupo de stewards que tienen en Facebook y me encantó el buen rollo que se respiraba.

Para cada uno de los tres festivales tuve que pagar un depósito de unas 200 libras, que en principio te devuelven una vez terminado el evento si has cumplido con todos tus turnos y las normas que te indican. Esta medida la toman para evitar a gente que, una vez les dan la pulsera del festival, se fugan y no se les vuelve a ver el pelo. Si te escapas, pierdes el depósito.

Cabe decir que en un principio me apunté yo solo a estos tres festivales, puesto que tenía muy claro que quería vivir esta experiencia, pero después de inscribirme les iba comentando a amigos míos mi plan veraniego y al final algunos de ellos vinieron conmigo a alguno de los festivales:)

A continuación me dispongo a contaros cómo fue la experiencia de hacer de voluntario en cada uno de los tres festivales –Tres festivales x dentro–:

READING

Reading fue el festival que tuvo más éxito entre mis amigos, y es que entre una cosa y la otra, terminamos siendo un grupo de siete españoles. Además, una vez allí hicimos migas con gente de otros países y al final formamos una “squad” de más o menos una docena de personas, y ya os aseguro yo que no pasamos desapercibidos;) Fue súper divertido.

Al ser considerados staff del festival podíamos llegar antes que el público normal, lo cual nos vino bien para acampar con calma, empezar a explorar el terreno y también descubrir cuáles son los últimos preparativos que se llevan a cabo en un festival de estas características. Tuvimos la oportunidad de adentrarnos en la zona de conciertos un día antes de su apertura, y fue genial poder disfrutar de la inmensidad del lugar sin aglomeraciones ni basura tirada por el suelo. Eso sí, el camping de staff era el que estaba más alejado de los conciertos, a una media hora andando…

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El escenario principal todavía en construcción…

Uno de estos días previos también tuvimos que asistir a una charla-entrenamiento de Hotbox donde nos hablaron sobre aspectos y consejos que debíamos tener en cuenta durante nuestros turnos como voluntarios. Con Hotbox íbamos a tener que trabajar 3 turnos de 8 horas, uno temprano (9h-17h), otro tarde (17h – 1h) y finalmente uno de noche (1h – 9h), desempeñando el papel de C.A.T.S, es decir, de asistentes en las zonas de acampada.

La verdad es que, al pagar relativamente temprano nuestro depósito, tuvimos bastante preferencia a la hora de escoger nuestros turnos, y conseguimos no perdernos ninguna de las tardes-noches principales del festival.

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¡Todo listo para el primer turno!

Nuestro primer turno lo tuvimos el jueves de 17h a 1h y lo que nos tocó hacer a mi compañero y a mí se resumió básicamente en patrullar por la zona de acampada naranja, asegurándonos de que todo estuviese bajo control e intentando responder las dudas de los asistentes, que llevaban poquito tiempo instalados y no controlaban todavía la distribución de la zona. Nos dieron un walkie talkie e inicialmente nos frustramos bastante puesto que no entendíamos NADA. No obstante, unos minutos más tarde hablamos con unas chicas inglesas que también estaban haciendo de voluntarias y nos dijeron que ellas prácticamente tampoco entendían nada, así que nos quedamos más aliviados. Anocheció en Reading, y las primeras hogueras empezaron a alzarse. Ese día no estaban prohibidas, pero debíamos pedirles a los asistentes que las redujeran si superaban la altura de las rodillas; en una de estas peticiones descubrí la forma más eficaz de menguar una hoguera cuando un chico se puso a hacer sus necesidades líquidas encima de ella. El resto de la noche nos limitamos básicamente a indicar a los asistentes al festival que esperaban en la entrada de la Silent Arena que esa noche la “discoteca silenciosa” todavía no estaba abierta. Nosotros temíamos que la gente se enfadara con nosotros, nos pidiese explicaciones en un tono agresivo o incluso nos insultara, pero para nuestra sorpresa, la gran mayoría nos respondía muy amablemente, nos daban las gracias como si les estuviésemos haciendo un gran favor y se iban tan contentos. ¡Allí fue cuando empezamos a descubrir lo educados que son los ingleses!

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Nuestro primer concierto del festival fue el de las españolas Hinds.

El sábado tuvimos el segundo turno de voluntarios de 9h a 17h en la zona de acampada lila, y aquí sí que tuve que hacer de todo: desde repartir bolsas de plástico a la gente para que reciclaran o transportar basura a cambio de hamburguesas, hasta tener que preparar un café para mi supervisor –que por cierto, creo que no me quedó demasiado bien…– o limpiar la zona de los grifos con agua a presión que salía de una mochila preparada para apagar pequeños fuegos –eso fue divertido–, pasando por tener que acompañar a gente que no se encontraba demasiado bien al centro médico o escoltar a los coches de gente de producción que querían cruzar la zona. Fue emocionante porque en este turno nos atrevimos por fin a decir alguna cosita, todavía tímida, por la radio, y las 8 horas no se hicieron demasiado pesadas puesto que, además de estar entretenidos con tantas tareas, pudimos interactuar con gente de allí y cuando les decíamos que éramos de España nos empezaban a contar sus aventuras relacionadas con nuestro país.

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Por cada vaso que devolvías te daban algo de dinero, por lo que nos pagamos algunas rondas de cerveza gracias al mero hecho de recoger los vasos que nos encontrábamos tirados por el suelo…

Finalmente llegó nuestro último turno, era el que más duro se presentaba, puesto que requería que estuviésemos toda la última noche del festival despiertos cuando ya estábamos reventados del trote que llevábamos encima, y sí, realmente fue el más duro. Las primeras cuatro horas no estuvieron mal, debíamos patrullar por el camping asegurándonos de que no se encendía ninguna hoguera –esa última noche no estaban permitidas debido a altercados que tuvieron lugar en ediciones anteriores– y en caso de hallar alguna, informar por radio pronunciando “MR. ASH” para referirnos a fuegos pequeños y “MR. ENGLAND” para fuegos de mayores dimensiones. Entonces aparecía personal de seguridad entrenado para apagarlos. Esta primera mitad del “shift” estuvo bien puesto que todavía quedaba gente despierta con ganas de hablar con nosotros y contarnos sobre sus vidas, pero a partir de las 5 de la mañana fue bastante durillo. Nos hartamos de andar en la misma dirección cual soldados vigilando la entrada de un castillo, mientras la gente más madrugona que quería evitar la multitud empezaba a desfilar destino a sus respectivos hogares. Parecía que los minutos no pasaban, pero finalmente lo conseguimos, y no se nos ocurrió otra cosa que regalarnos un buen desayuno inglés y empezar un nuevo día como si hubiésemos dormido plácidamente toda la noche.

 #lolodabsquad
Se acabó.

Reading fue brutal. Es cierto que la oferta cultural más allá de los conciertos es prácticamente nula, que la media de edad de los asistentes es extremadamente joven –Reading supone una especie de ritual de iniciación al mundo de los festivales y las borracheras para los jóvenes quinceañeros ingleses– y que la atmósfera que se respira no es de las más bonitas e amigables con las que yo personalmente me he topado, pero solamente por la calidad del cartel que presentan cada año, y por lo bien que nos lo pasamos con mis amigos mereció haber viajado desde España para el festival. Y es que en menos de tres días disfrutamos de artistas como Red Hot Chili Peppers, Foals, Imagine Dragons, Chvrches, Disclosure, The Vaccines, Die Antwoord, Cage The Elephant, The Wombats… Podéis leer la crónica musical que mi amiga Anna hizo sobre Reading AQUÍ.

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#lolodabsquad

END OF THE ROAD

Lo de este festival es arte y belleza en estado puro. Después de coger un tren hasta la ciudad de Salisbury (cerca de Stonehenge) y de unos 40 minutos en autocar llegé a los Larmer Tree Gardens, unos jardines perdidos entre prados –donde apenas llegaba la cobertura– en los que durante el año se celebran distintos tipos de eventos de pequeño formato. Al End of the Road iba solo, por mi cuenta, sin conocer a nadie, y la verdad es que tenía un poco de miedo, pero a su vez estaba deseando descubrir qué me depararía esta nueva aventura.

Tuve suerte, y de camino al festival conocí a un par de jóvenes ingleses de mi edad –muy majos por cierto – que ya habían sido voluntarios en ediciones anteriores del festival, y me invitaron a acampar con ellos y sus amigos, quienes ya les estaban esperando. Esto fue un alivio para mí, ya que una de las cosas que más me aterrorizaba del hecho de asistir solo a ese festival era la inseguridad de tener que acampar solito.

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Desde mi tienda podía ver el escenario donde tenía que llevar a cabo mis turnos de voluntario.

Los voluntarios contábamos con una zona de acampada especial, en la que además de encontrarse una caseta informativa, donde también podíamos solicitar cambios de turnos, teníamos la posibilidad de acceder –pagando un precio fijo no muy caro– a una zona donde cada día había todo tipo de comida, desde pan y fruta hasta platos calientes como sopas y purés, lo cual fue un puntazo.

Tras poner en pie mi tienda de campaña e instalarme, pude dar una vuelta por el recinto del festival. A pesar de que todavía se estaban ultimando los últimos preparativos, me bastó para darme cuenta de que el fin de semana lo viviría en un entorno de lo más idílico en el que, encima, todo se encontraba súper cerca –de mi tienda al escenario principal había cinco minutos andando–.

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El escenario principal.

En el End Of The Road los voluntarios teníamos que hacer tres turnos de 5 horitas –algo que comparado con los tres turnos de ocho horas que tuve que hacer en Reading fue un alivio–, y en general la mayoría teníamos todos los turnos en el mismo puesto. A mí por ejemplo me tocó estar los tres días en una de las entradas del Big Top, una carpa donde tenían lugar algunos de los conciertos. Mis tareas principales se resumían básicamente en saludar con una sonrisa a la gente que entraba a la carpa y comprobar que llevaran la pulsera del festival. Así de primeras puede sonar aburrido, pero teniendo en cuenta que nos hacíamos compañía mútuamente con otros voluntarios, que podíamos escuchar los grupos que actuaban y que, de vez en cuando, alguna persona del público te daba conversación, los minutos pasaron más rápidamente.

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En el festival abundaban las familias con niños pequeños:)

En una ocasión se nos acercó una niña bastante pequeña que nos confesó que en la escuela todas sus amigas escuchaban música comercial y ella se sentía un tanto incomprendida; siempre iba con sus auriculares puestos, y es que su grupo favorito de la pasada edición del festival habían sido ni más ni menos que Tame Impala. Realmente nos sorprendió que una niña tan joven tuviese unos gustos musicales tan poco comunes entre la gente de su edad. ¡Buen trabajo, papis!

En otro momento entablé conversación con un grupo de jóvenes con quienes terminaría bailando una de las noches del festival, después de que me reconocieran entre la multitud como “el voluntario español del Big Top”.

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Desde un concierto sorpresa de Ezra Furman, hasta mensajes en las hojas de los árboles, pasando por una biblioteca escondida; esta es la magia del bosque del End Of The Road.

Uno de los elementos más únicos e atractivos de este festival británico para mí es su bosque; al adentrarte intuías que cruzabas la frontera hacía algo dotado de una cierta magia, que contaba con todo tipo de pequeñas instalaciones artísticas que aparecían por sorpresa a lo largo de tu recorrido. Además, de vez en cuando topabas con árboles cuyas hojas escondían mensajes, o presenciabas un concierto secreto en un escenario que representaba un salón de casa antiguo, o entrabas en una zona de juegos un tanto peculiar que, entre otros, contaba con una mesa de ping pong para 6 jugadores, o incluso te encontrabas una biblioteca donde leer libros rodeado de naturaleza.

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En la zona de juegos descubrí el “boomerang bowling”, jugué a ping pong contra cinco personas a la vez, y me flipó ver que existía una “competición de palos”.

Me agradó mucho la hoguera que, al anochecer, se convierte en el punto de reunión de muchos de los asistentes. Y también me gustaría destacar la oferta complementaria a la programación musical: desde proyecciones de películas, hasta espectáculos de comedia, pasando por clases de yoga.

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Esta es la hoguera donde muchos de los asistentes se reunían cada noche.

Otra cosa que sencillamente me enamoró del End Of The Road fue la “Secret Post Office”, un servicio de correo ordinario dentro del festival a través del cual los asistentes pueden mandar cartas y postales a otros asistentes a partir de su descripción. Por el festival te ibas encontrando a los “posties”, unos jóvenes uniformados que se encargaban de buscar a los destinatarios de los mensajes, los cuales respondían a descripciones como “un chico que viste una camiseta de Franz Ferdinand y que tiene el pelo largo” o “algún voluntario del festival”, por ejemplo. Los “posties” incluso podían entrar al backstage de los escenarios para intentar entregar cartas destinadas a los artistas que actuaban en el festival. Realmente pienso que se trata de una iniciativa increíble.

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Este puede ser “el final de la carretera”, ¡pero no de mi aventura!

A pesar de que la música no era el principal motivo por el que decidí asistir a este festival –creo que a estas alturas he expuesto motivos de sobra para querer ir al End Of The Road–, me gustó poder disfrutar de las actuaciones de artistas como Ezra Furman, Anna Meredith o Goat, además de poder asistir a mi primera Silent Disco y bailar hits de todas las épocas en lo que se asemejaba a una rave escondida entre los árboles del bosque.

BESTIVAL

Había tenido la oportunidad de asistir a este festival en 2014, y resultó ser una experiencia única, de lo más intensa, y que probablemente supuso un antes y un después para mí: me volvió adicto a los festivales. Por esta razón, me hacía muchísima ilusión volver al Bestival, el lugar donde “empezó todo”.

El trayecto hasta el festival ya suponía una aventura en sí: al encontrarse localizado en una isla del sur del Reino Unido, la Isle of Wight, tuve que desplazarme en tren hasta una de las principales ciudades costeras del sur de la “mainland”, allí coger un ferry hasta la isla, y seguidamente subirme en un bus directo a Robin Hill, el parque donde se celebra este festival tan especial.

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De camino a la isla…

En esta ocasión me acompañaba Ane, una amiga mía –también colaboradora de esta web–, y ambos estábamos dispuestos a pasarlo en grande. Nos habíamos apuntado como voluntarios de Oxfam, de manera que tuvimos que llegar un día antes que el resto de asistentes al festival. Esperando el bus de los voluntarios conocimos a una chica inglesa muy simpática, Laura, quien asistía por primera vez al festival, y encima venía ella sola por su cuenta, de manera que ahora éramos tres jóvenes motivados con ganas de darlo todo en el festival.

Una vez allí, tuvimos que cruzar todo el recinto hasta llegar a la zona de acampada más alejada de los escenarios, a unos 20 minutos andando, dónde nos alojábamos los voluntarios y algunos trabajadores. Seguidamente, en una caseta de Oxfam nos acreditaron e informaron sobre los turnos que nos habían tocado.

 

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Let’s go!

Por suerte conseguimos que Ane y yo tuviésemos el mismo horario de turnos, aunque en posiciones distintas: ella tenía los tres turnos en el “Artist Shuttle Queue Management”, lo cual sonaba súper emocionante, mientras que yo tenía un turno como “Response Team” –en ese momento no tenía ni idea de lo que significaba– y los dos turnos restantes en el “Caravanserai”, un espacio circense dentro del festival.

En caso de que nos hubiera tocado algún turno que no nos gustara, teníamos la posibilidad de apuntarnos en un tablón de intercambio de turnos con otros voluntarios, pero por suerte en principio no nos perdíamos a nadie que tuviésemos muchas ganas de ver, por lo que estábamos contentos 🙂

Tras instalarnos, prepararnos algo para comer en la caseta de Oxfam e intentar socializar un poco con otros “stewards”, decidimos irnos a dormir para así cargar pilas para el fin de semana que se avecinaba.

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¡Buenos días, Bestival!

La mañana siguiente me levanté relativamente temprano, con energía e ilusión, y decidí ir a explorar el recinto de conciertos, antes de su apertura oficial –al tener la acreditación de “trabajador” teníamos acceso–. Me hizo mucha ilusión volver a pisar las zonas que dos años antes habían significado tanto para mí, fue curioso comparar lo que había cambiado, lo que todavía seguía ahí… Poco a poco, fueron llegando los primeros asistentes, y las zonas de césped destinadas a la acampada, que unas horas antes habían permanecido completamente vacías, ahora empezaban a llenarse de festivaleros ilusionados.

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Poco a poco van llegando los primeros asistentes…

Se acercaba la hora de nuestro primer turno, Ane se dirigió a la zona de llegada de los autobuses de los artistas, y yo estaba a punto de descubrir lo que significaba eso de “Response Team”. Llegué al punto de encuentro, y para mí sorpresa, resulta que los voluntarios a los que nos había tocado ser “Response Team” vendríamos a ser los suplentes de un equipo de fútbol: teníamos que esperar en el “banquillo” –en este caso la caseta de Oxfam del recinto de conciertos– hasta que nuestro “entrenador” –en este caso nuestro supervisor– nos mandara en alguna posición en la que se precisaba nuestra ayuda. Mientras tanto, podíamos tumbarnos en el césped, prepararnos un café, charlar con otros “stewards” del “Response Team”… No estaba mal. Aún así, tras un par de horitas sin hacer nada, te apetecía moverte un poco, de manera que ya me vino bien que me mandaran a hacer de “stop”: este rol –cuyo nombre me lo acabo de inventar– consistía en coordinarse con el resto de “stewards” para abrir paso a los vehículos –furgonetas con artistas, coches de la gente de producción– que necesitaban cruzar los caminos por donde circulaba el público general del festival. Teníamos que extender los brazos para que los asistentes no cruzaran, y de vez en cuando te llevabas algún que otro abrazo de la persona que se quedaba parada frente a ti. Peace and love everywhere.

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El Love-Bot del Bestival <3

Tras terminar mis tareas de apoyo haciendo de “stop”, volví unos minutos a la caseta de Oxfam, para finalmente acabar mi turno de ocho horitas controlando el aforo del “Caravanserai”, el lugar donde realizaría mis dos siguientes turnos como voluntario.

El Caravanserai se trataba de una zona pequeñita, pero muy bien decorada con autocaravanas antiguas y bicicletas, que incluía un pequeño escenario donde se llevaban a cabo algunas actuaciones más cercanas y también tenían lugar espectáculos de circo, como por ejemplo trapecistas y equilibristas, por lo que mis dos siguientes turnos allí fueron bastante entretenidos: básicamente me limitaba a pasear por la zona, asegurándome de que no se producía ningún altercado, mientras disfrutaba de la programación de la zona.

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Durante mi turno estuve distraído…

No obstante, el horario de los turnos podría haberse optimizado mejor, ya que por ejemplo, tenía un turno nocturno de medianoche hasta las ocho de la mañana, pero esa zona del festival cerraba sobre las cinco, de manera que me quedaban tres horitas sin hacer nada. Por suerte nuestro supervisora fue maja y nos dejó irnos a dormir un poquitín antes –aunque le costó acceder, puesto que no era justo para otros voluntarios que estaban cumpliendo con el turno entero–.

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Hora de irse a dormir…

Por otro lado, el último turno lo empezamos a las ocho de la mañana, pero la zona del “Caravanserai” no abría hasta las doce del mediodía, por lo que nos pasamos medio turno paseando por el recinto del festival con mis compis “stewards”, mientras mi amiga Ane me comentaba por WhatsApp que el camión con los instrumentos y demás de Bastille se había atascado en la entrada del festival debido al barro que había.

La caseta de Oxfam en el recinto de conciertos que he mencionado anteriormente era un puntazo, puesto que estaba al lado del escenario principal, y cuando no teníamos turno podíamos dejar las cosas allí y cargar nuestro móvil e irnos a disfrutar de los conciertos, sabiendo que en un momento podíamos volver. Era como tener un campamento base dentro del festi. Guay del paraguay.

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Desde una de las colinas se podía disfrutar de una vista panorámica de gran parte del festival

Otras ventajas que teníamos los voluntarios era que podíamos usar baños exclusivos para trabajadores –lo cual en un festival se agradece– o los tiquets de comida que en Oxfam nos daban por cada turno que hacíamos.

Nos pasó una cosa bastante graciosa y emocionante, cuando nos dejaron pasar al backstage de uno de los escenarios porque casualmente llevaba una pulsera del End Of The Road –el festival anterior– que era prácticamente igual a la que se necesitaba para ese escenario, por lo que pudimos entrar y allí nos topamos con, ni más ni menos que, Fatboy Slim, quien estaba a punto de ofrecer una buena sesión de electrónica. ¡Fue demasiado gracioso!

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Nuestro nuevo amigui jaja

Bestival es diferente. Si hace tres años se propusieron batir un Record Guiness construyendo la bola de disco más grande del mundo, ese año que fuimos nosotros había uno de los escenarios que simulaba una lanzadera espacial. Un clásico del festival es el “Ambient Forest”, un bosque mágico lleno de caminos escondidos, elementos decorativos, escenarios, espacios interactivos… También cuenta con un espacio de yoga y meditación, una zona de Bollywood… Hay demasiadas sorpresas como para contarlas todas, ¡merece la pena experimentarlo en primera persona!

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Sorpresas del Ambient Forest.

Alegando motivos económicos y logísticos –totalmente comprensibles–, esa fue la última edición del festival en la Isle of Wight, pasando a celebrarse desde este 2017 por el área de Dorset. Es cierto que el hecho de tener que coger un ferry (o un hovercraft, un tipo de barco que no tenía ni idea de que existía y que me flipó) hasta la isla suponía una barrera para la organización y los asistentes, pero a su vez le dotaba de más emoción a la aventura quizás. Bestival no será lo mismo fuera de la isla, pero aún así estoy seguro de que preservará su encanto especial, y continuará siendo uno de los mejores festivales de Europa, y la mejor forma de decir adiós a la temporada festivalera, de la misma manera que tuve la oportunidad yo en 2014 y en 2016.

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<3 <3 <3

Podéis leer AQUÍ la crónica musical de Bestival 2016 que escribió Ane, en la que son protagonistas artistas como Hot Chip, Years & Years, Major Lazer, Tourist o Sean Paul, entre otros.

Con Bestival termina también este artículo-reportaje con el que, a partir del relato de mi experiencia personal, pretendía informar sobre lo que supone hacer de voluntario en un festival del Reino Unido, una opción que, desde mi humilde punto de vista, merece totalmente la pena. Es verdad que el artículo llega un poco demorado, puesto que se trata de una experiencia que viví hace un año, pero pienso que más vale tarde que nunca:) Deseo que hayáis disfrutado leyéndolo, o al menos os haya resultado útil o interesante.